“Sembrando semillas de grandeza”

 

A media que usted planta su propio jardín, como cualquier otro, recuerde las palabras de mi amada abuela: “Si está pensando cosechar una vida de grandes resultados, recuerde que primero tiene que plantar semillas de grandeza”.

Mi abuela Mabel Reynolds Ostrander y yo compartimos una de esas relaciones tan especiales y excepcionales como puede ser un arco iris doble. Ella tenía cincuenta y tres años cuando yo tenía diez. Fue entonces cuando plantamos nuestro primer jardín de “victorias” juntos, durante la Segunda Guerra Mundial. Sembramos semillas juntos –tanto en la tierra— como en cada uno de nosotros dos.

 
Mi abuela vivió ochenta y siete primaveras sin la menor queja. Yo tenía cuarenta y cuatro años cuando la vi por última vez. Pero recuerdo cada tártara de limón y frutas picadas, cada bocado de “intentos” de postre de manzana, y cada vaivén repetitivo de sus manos (fuera del alcance de la vista —o por lo menos así ella lo creía), a medida que tejía cortinas al estilo Priscilla en la pequeña casa del 18 Oeste de la avenida Pensilvania en San Diego, California, donde yo nací y fui criado. Mientras nuestra camioneta llena de niños y algarabía se alejaba lentamente del andén, mirábamos hacia atrás y le decíamos adiós con la mano –y yo miraba fijamente su frágil silueta a través del espejo retrovisor, deseando poder enmarcarla allí para siempre, en esa pose— tratando de adivinar cuántas celebraciones más de Pascua y Navidad nos quedarían por compartir.
 
Más que todo, tengo el recuerdo de mi abuela y yo sembrando semillas. Plantábamos squash, frijol, maíz, sandía, remolacha, pensamientos, crisantemos y otras flores. Admitiré que manejaba mi bicicleta esas veinte millas cada sábado, más por el beneficio de la conversación y los postres caseros, que por los vegetales y las flores. Pero sin importar qué tan lleno estuviera después de comer, siempre quedaba hambriento de la sabiduría y optimismo que ella me compartía.
 
Nunca olvidaré el día que disfrutamos de nuestra primera cosecha como resultado de cruzar un árbol de ciruela con uno de albaricoque. La fruta madura era rosada, ni morada como la ciruela, ni naranja como el albaricoque, sino una combinación de las dos. “¡Mmm! ¿Crees que tendrá algo de rica?”, preguntaba yo. “¡Pero claro que será deliciosa! Me reprendía. ¿No la plantamos, la nutrimos y la podamos?”
  
Aprendí de mi abuela que las semillas de grandeza no son genes especiales, o un don congénito, ni una cuenta heredada en un banco, ni el intelecto o la belleza del tono de una piel, la raza, el género, o el estatus. Las semillas de grandeza son actitudes y creencias que surgen en los niños por medio de observar, imitar e internalizar los estilos de vida de modelos significativos de sus líderes y héroes.
 
“Modela tus pensamientos y acciones basado en hombres y mujeres que han sido apasionados, excelentes, honestos, sin egoísmos y creativos en su servicio a los demás”, me aconsejaba mi abuela. Armado con esa afirmación, me lancé de un lado para otro y coseché mi propio legado en la vida.
 
He viajado  por todo el mundo y los siete mares. He estado en la cima y también me he visto postrado de rodillas. He sido bendecido con abundancia y con mucha maleza. Pero nunca he dejado de interesarme por las necesidades ajenas. A media que usted planta su propio jardín, como cualquier otro, recuerde las palabras de mi amada abuela: “Si está pensando cosechar una vida de grandes resultados, recuerde que primero tiene que plantar semillas de grandeza”.
 
Fragmento del libro Semillas de Grandeza del escritor Denis Waitley 
Usado con autorizacion de la editorial Taller del Exito