¿Qué aprendiste
en la escuela?

 La respuesta de Robert Hay un dicho que reza: “En casa del herrero, azadón de palo”. En mi caso debió ser: “El hijo del superintendente de educación es un cabeza hueca”. Aunque mi padre era el responsable de la educación, a mí me reprobaron en la escuela no una sino dos veces. Reprobé inglés en segundo y cuarto grado porque no sabía escribir. Debió ser muy vergonzoso para mi padre que su hijo fuera el tonto de la clase. A pesar de mis malas calificaciones, me gradué y recibí nominaciones del Congreso para la Academia Naval y para la Academia de la Marina Mercante. Aunque mis calificaciones eran bajas, obtuve muy buena puntuación en el Test de Aptitud Académica (SAT, por sus siglas en inglés) y era bueno para el futbol americano, lo que me ayudó en el proceso de admisión. Elegí la Academia de la Marina Mercante en Kings Point, Nueva York, porque quería ser marino mercante y la paga era mucho mayor que para los graduados de la Academia Naval. En 1965, cuando tomé la decisión, un abanderado de la Marina ganaba alrededor de 200 dólares al mes, y un graduado de Kings Point cerca de 2000.

Cuando me gradué de Kings Point, los abanderados seguían ganando 200 dólares al mes, y los graduados de Kings Point, si pilotaban barcos mercantes en zona de guerra, ganaban alrededor de 100 mil dólares al año. Así que, para ser honesto, aunque la Academia Naval es una escuela más famosa, los graduados de Kings Point eran de los mejor pagados del país. Un salario de 100 mil dólares anuales era muy bueno en 1969, en especial si tenías 22 años. Sin embargo, no tomé ninguno de esos trabajos. Al graduarme, entré a trabajar en Standard Oil de California y zarpé de San Francisco. La razón por la que elegí Standard Oil, aunque la paga era mucho menor —sólo 47 mil dólares por siete meses de trabajo—, era que me interesaba el petróleo y porque nuestros buques navegaban de Hawai a Tahití. (¡Sólo imagínalo!)

En 1966, la academia envió a todos los que cursábamos el segundo grado al mar, como aprendices, a bordo de barcos durante todo un año (conocido como año marino). Durante ese año, navegué en cargueros, buques petroleros y cruceros como oficial estudiante. Ese año de viajes por el mundo me abrió nuevos horizontes. También fue divertido encontrar a compañeros de clase en puertos lejanos y exóticos. Crecí mucho y aprendí sobre la vida y el mundo, del que mis padres habían tratado de protegerme. Durante mis cuatro años en la academia viví dos momentos decisivos. El primero fue el año de ingreso con la materia de inglés. Luego de haberla reprobado dos veces, estaba seguro que el inglés de la universidad marcaría el final de mi carrera de estudiante. Tenía pesadillas en las que reprobaba y era enviado a Vietnam, pues tal era el destino de los estudiantes que reprobaban en aquella época. Sin embargo, el inglés del curso inicial fue un gozo. Tuve un gran maestro, el doctor A. A. Norton, graduado de West Point y piloto de bombarderos B-17 en la Segunda Guerra Mundial. En vez de castigarme por mi mala ortografía e ideas radicales, me animó a escribir. Terminé su clase con una B. Pero lo más importante no fue la calificación sino que me hizo recuperar la confianza en mí mismo como estudiante. En una escuela donde más de 50 por ciento de los alumnos reprueban y son expulsados antes de la graduación, su confianza en mí me dio la fuerza para terminar esos difíciles años de estudio.

Actualmente, mis libros se han traducido a más de 46 idiomas, han vendido más de 26 millones de ejemplares, y soy más conocido como escritor que como oficial de un barco. De no ser por el doctor Norton, tal vez nunca me hubiera graduado de la academia y sin duda no hubiera escrito un libro. El otro momento decisivo fue cuando descubrí el poder del petróleo y su influencia en la economía mundial. En 1966, como oficial aprendiz en un buque de Standard Oil, comprendí que el petróleo es poder. Actualmente invierto millones de dólares en él. Como empresario contribuí a montar dos compañías petroleras; una quebró pronto y la otra cotizó en la bolsa y después quebró. Aprendí mucho de ambos fracasos. Cuando fui piloto en Vietnam, en 1972, comprendí que no luchábamos para detener el comunismo, sino por el petróleo y las grandes corporaciones petroleras. Actualmente seguimos librando la misma batalla: diferentes países, mismas corporaciones. En la década de 1980, fui miembro fundador en el consejo de una organización llamada Red Internacional de Energía Global (GENI, por sus siglas en inglés).

Sigo ganando dinero del petróleo y apoyo la eventual sustitución de éste con energía renovable y no contaminante que elevaría el nivel de vida del mundo y reduciría la pobreza y la guerra. Como dice un verso de la canción “Imagine” de John Lennon: “Tal vez pienses que soy un soñador, pero no soy el único.” En vez de castigarme por mi mala ortografía e ideas radicales, el doctor Norton me animó a escribir. Terminé su clase con una B. Pero lo más importante no fue la calificación sino que me hizo recuperar la confianza en mí mismo como estudiante. […] Su confianza en mí me dio la fuerza para terminar esos difíciles años de estudio. ROBERT T. KIYOSAKI

 

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